El señor de los globos

Había preguntado en la estación de Transmetro dónde bajarme para ir al parque La victoria. Varias personas me indicaron que me quedara en la estación de la 8. Así lo hice. Luego de caminar un par de cuadras y no ver cerca ningún parque pregunté dónde quedaba ubicado el jardín botánico pues sabía que era un punto de referencia del parque. Me dieron nuevas indicaciones y me dijeron, además, que la estación de la 14 era la más cerca al parque. Ya casi eran las 4, debía llegar pronto, el cielo estaba nublado, parecía que iba a llover.

Caminé bordeando al jardín. En un punto observé un grupo de policías que sacaban a muchos niños y jóvenes de un arroyo. Yo nunca había estado por ahí, así que me sorprendió ver cómo se divertían todos metidos en el agua. Los policías alegaban que ya era hora que salieran, que ya estaba prohibido y otras cosas que no pude escuchar porque apresuré el paso para llegar a tiempo a mi actividad. Por fin llegué, una chica con chaleco verde me dijo que cuidaba el parque, que me acompañaría al punto donde se ubicó la promotora de lectura del día anterior, la seguí.

Me encontré con muchos niños, eso me animó. Cuando empecé a sacar las cosas se me acercó un padre con dos niños, me dijo que si yo era la profesora que leería los cuentos, le dije que sí, “déjeme la ayudo” respondió. Un par de señoras con sus niñas pequeñas se acercaron hasta que se formó un grupo nutrido. Empezó la actividad. Leímos. Cantamos, hicimos una ronda donde el lobo no se come a caperucita, o a los cerditos, sino que persigue a todos por el parque hasta atraparlos y hacerles cosquillas. Luego de la lectura de los cuentos saqué el material para que los niños crearan sus propios personajes, estarían hechos con cartón, lana, marcadores, paletas. Mientras cada uno dibujaba su personaje el papá de los dos niños hacía el suyo, noté que era un gato, luego ayudó a sus hijos. Y así con los demás niños. Continué la actividad, le pedí al señor que por favor me pasara las imágenes que había tomado pues él estuvo durante toda la sesión y vi que tomó fotos.

Al final, mientras recogía las cosas, charlamos un poco el papá de los niños y yo, dijo que volvería al día siguiente, que le gustaron mucho los cuentos. Le pregunté donde había aprendido a dibujar tan bien, pues los animales que pintó eran buenos, respondió que había vivido varios años en Venezuela y que trabajó en eventos infantiles haciendo globoflexia, “pero eso ya hace tiempo” ahora soy electricista, terminó, aunque nunca olvida hacer animales con globos pues “eso es algo que se lleva por dentro”. Le dije que era maravilloso ese conocimiento, que hiciéramos alguna actividad juntos en otra oportunidad, se ofreció a enseñarme. Tendría otra excusa, pensé, para llevar siempre a sus hijos a las actividades de lectura.

Un señor cualquiera resultó ser un artista. Leer en el parque es descubrir que cada persona tiene una historia que contar; es también aprender a escuchar esa historia. Un libro resulta ser entonces un puente, un camino, para llegar no solo a nosotros mismos sino además a los demás.