Momotaro, el niño melocotón

Adaptación de la leyenda japonesa.

Hace muchos años vivía en el lejano Japón una pareja de ancianos que no había tenido hijos. El hombre era leñador y su esposa le ayudaba en la tarea diaria recogiendo troncos y maderas.

Un día salieron los dos al campo y mientras el hombre trabajaba, ella se acercó al río a lavar la ropa ¡Menuda sorpresa se llevó la buena mujer! Flotando sobre las aguas vio un enorme melocotón. Llamó a su marido y entre los dos, consiguieron llevarlo hasta la orilla.

Si encontrar un melocotón gigante fue algo muy extraño, más raro fue lo que vieron dentro… Al abrirlo, de su interior salió un pequeño niño de tez blanca que sonriente les miraba con sus grandes ojos negros como el azabache. Los ancianos se pusieron muy contentos y se lo llevaron a casa. Le llamaron Momotaro, pues,  en japonés, Momo significa melocotón.

Momotaro creció muy sano y fuerte, más que el resto de los niños del pueblo. Con el tiempo se convirtió en un joven bondadoso al que todo el mundo quería y respetaba.

Por aquellos años con frecuencia asaltaban  la aldea unos demonios que ponían todo patas para arriba, robando todo lo que podían y atemorizando a sus habitantes. La tarde en que Momotaro alcanzó la mayoría de edad, todos propusieron que fuera él quien  salvara al pueblo de los molestos demonios.

– ¡Es un honor para mí! Iré a Onigashima, la Isla de los Demonios y les daré un buen escarmiento para que no vuelvan por aquí – dijo el joven mientras le ponían una armadura y le daban provisiones para unos días.

Dispuesto a cumplir su misión cuanto antes salió del pueblo y tras varias horas caminando, el valiente Momotaro se encontró con un perro.

– Hola Momotaro… ¿A dónde vas? – le dijo el animal.

– Voy a la isla de Onigashima a derrotar a los demonios.

– ¿Me das algo de comer que tengo mucha hambre? – preguntó el can.

– Claro que sí. Llevo bolitas de maíz… ¿Te vienes conmigo a la isla y me ayudas?

– Sí… ¡iré contigo! – le respondió el perro agradecido.

Al ratito, Momotaro y el perro se cruzaron con un mono.

– Hola… ¿A dónde vais tan rápido?

– Vamos a Onigashima a vencer a los demonios de la isla ¿Quieres venir con nosotros? Llevo ricas bolitas de maíz para todos.

El mono aceptó y se unió al grupo a cambio de un poco de alimento. Poco después se les acercó un faisán.

– ¿A dónde os dirigís, amigos?

– A Onigashima, a ver si conseguimos deshacernos de los demonios- afirmó Momotaro.

– Perfecto, me apunto a ayudaros – dijo el faisán con voz algo chillona. A cambio, Momotaro compartió también con él su comida.

Llegaron a la costa y el extraño cuarteto embarcó en un velero que les llevó hasta la isla.  Cuando avistaron tierra, el faisán voló sobre ella para echar un vistazo y regresó a donde estaba el barco.

– ¡Están todos dormidos! ¡Vamos, entremos! – gritó desde el aire a sus compañeros.

Desembarcaron y se acercaron a la gran muralla tras la cual se refugiaban los demonios. El mono entró en acción y trepando por el alto muro de piedra, saltó hacia el otro lado y abrió la enorme puerta desde dentro. Bajo las órdenes de Momotaro, todos irrumpieron gritando.

– ¡Eh, demonios, salid de vuestro escondite! ¡Dad la cara, no seáis cobardes!

Los demonios, recién levantados de su larga siesta, se sorprendieron al ver al chico con los tres animales. Antes de que pudieran reaccionar, el perro empezó a morderles, el faisán a picotear sus cabezas y el mono a arañarles con sus fuertes uñas. Por mucho que los demonios quisieron defenderse, no tuvieron nada que hacer ante un equipo tan valiente y bien organizado.

– ¡Ay, ay! ¡Nos rendimos! ¡Dejadnos en paz, por favor! – suplicaban desesperados.

– ¡Sólo si prometéis dejar tranquila a la gente de mi aldea! – les gritó Momotaro – ¡No quiero que os acerquéis a ella nunca más!

– Sí, sí… ¡Haremos lo que tú digas! – bramaron los demonios sin fuerzas ya para defenderse.

– Está bien… ¡Pues ahora devolvednos todo lo que le habéis robado durante años a mi gente!

Así lo hicieron. Momotaro y sus pintorescos amigos cargaron una carretilla con cientos de monedas y joyas que los demonios habían quitado a los habitantes de la aldea y se despidieron de la isla para siempre.

Al llegar al pueblo, fue recibido como un héroe y compartió el éxito con sus nuevos y fieles amigos.

 

FUENTE: MUNDO PRIMARIA

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Los Ocho Soles

Adaptación de la leyenda de Laos.

Hace miles de años, nuestro planeta no giraba como ahora alrededor de un único sol, sino de ocho soles. Como te puedes imaginar, el calor y la luz eran tan intensos, que hacían casi insoportable la vida en la tierra.

A los humanos les resultaba muy difícil cultivar porque casi todos los mares, ríos y lagos se habían evaporado, dejando los campos completamente secos. Los animales ya no encontraban árboles donde refugiarse ni pastos que comer. Desgraciadamente, tampoco quedaban lugares habitables a los que emigrar para poder sobrevivir. La escasez de alimentos y agua era tan grande, que nuestro maravilloso planeta azul se estaba convirtiendo en un planeta desértico en el que la poca vida que quedaba  estaba a punto de extinguirse.

Un día, en un lugar de Asia, un grupo de hombres decidió que la situación era realmente desesperada ¡Ocho soles iluminando  y calentando la tierra eran demasiados!

Hablaron largo y tendido sobre cómo poner fin a esta terrible situación y llegaron a la conclusión de que lo mejor, era asustar a siete soles y quedarse solamente con uno.

La idea era buena pero… ¿Cómo hacerlo?

A un joven se le ocurrió que podían llamar al arquero más hábil del poblado para que disparara a los soles y se escondieran para siempre. A todos les pareció una opción estupenda y, sin perder tiempo, salieron en su busca.

El arquero se sintió muy halagado y aceptó encantado la propuesta. Escogió las siete flechas más afiladas que tenía y subió a lo alto de una montaña. Tensó el arco, afinó la puntería y disparó al primer sol. El brillante astro, al recibir el impacto, se acobardó y se escondió para siempre. Después, hizo lo mismo con el segundo, con el tercero, con el cuarto, con el quinto, con el sexto y con el séptimo sol.

Hasta ahí, el plan había salido a la perfección, pero algo sucedió: el octavo sol, al ver lo que estaba ocurriendo, tuvo miedo y decidió desaparecer del cielo antes de que una de esas flechas puntiagudas le hiriera en lo más hondo de su corazón.

Espantado, se deslizó tras el horizonte. Automáticamente, la luz y el calor se esfumaron,  la oscuridad se adueñó del planeta y un frío inmenso se extendió por todos los continentes.

Los hombres del poblado se abrazaron aterrorizados y se pusieron a llorar sin dejar de mirar el firmamento ¡No podían vivir sin el octavo sol!

Se juntaron de nuevo a deliberar porque la situación era crítica y había que encontrar una solución rápida y eficaz. Un muchacho sugirió que quizá si el sol escuchaba la llamada de auxilio de los animales, sentiría pena y volvería. Los demás se miraron y sin decir nada más, se dispersaron a toda velocidad para avisar a miembros de diferentes especies. Como era de esperar,  los animales comprendieron la necesidad de colaborar y subieron a la montaña para intentar contactar con el sol.

Una vaca mugió, un elefante barritó, un tigre rugió, un caballo relinchó…  Cada uno sin excepción fue llamando al sol con todas sus fuerzas, pero no se consiguió nada. El sol estaba tan asustado que se negaba a regresar.

Cuando ya habían perdido toda esperanza y un manto de hielo comenzaba a cubrir todos los valles hasta donde alcanzaba la vista,  llegó un pequeño gallo decidido a echar una mano. Alcanzó la cima de la montaña y envuelto en la penumbra, sacudió las plumas, estiró el cuello y comenzó a cantar con todas sus fuerzas.

El kikirikí lastimero del animalito retumbó en el espacio y llegó a oídos del octavo sol. La gran estrella sintió mucha ternura y entonces comprendió que no tenía nada que temer. En el fondo, era consciente de que sin su grandiosa presencia, la vida desaparecería en cuestión de horas y la tierra acabaría siendo una horrible bola gris cubierta de polvo y piedras.

Y así fue cómo, tímidamente, el hermoso e increíble sol comenzó a salir a lo lejos ante la mirada atónita de todos los seres vivos. Humanos y animales empezaron a aplaudir de emoción y a sentir cómo el calorcito templaba de nuevo  sus gélidos cuerpos.

La luz se extendió hasta el último rincón, el hielo se derritió como mantequilla sobre el fuego y los campos florecieron de golpe con la repentina primavera ¡Al fin la tierra volvía a lucir en todo sus esplendor!

Desde entonces, y gracias a su hazaña, el gallo tiene el honor de despertar con su canto al sol cada mañana, por si acaso se queda dormido.

 

FUENTE: MUNDO PRIMARIA

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La leyenda de la princesa Acafala

Adaptación de la leyenda de la Perú.

Hace muchos años vivió en Perú una princesa muy bella llamada Acafala. La fama de su hermosura era conocida en todas partes pues jamás nadie había visto nada igual. Tenía el cabello negro como el azabache, la piel suave como la seda y unos ojos redondos y enigmáticos que no parecían de este mundo. Además de guapa era inteligente y refinada. Cuando caminaba parecía que flotaba sobre el suelo y a su paso dejaba un rastro del más delicado perfume a flores que os podáis imaginar.

Sólo tenía un defecto: se creía tan bella como los astros del cielo. Cuando llegaba la noche, caminaba en soledad por la playa mirando las estrellas y se comparaba con ellas. Nada le gustaba más que quedarse horas mirando al firmamento hasta el amanecer sin dejar de pensar: ¿Será Venus más hermosa que yo?

Aunque todo aquel que la veía se enamoraba al instante,  ella rechazaba a todos sus pretendientes porque consideraba que nadie la merecía. Su familia le presentaba distinguidos muchachos para que eligiera al más apropiado, pero ninguno le parecía conveniente. Sentía que era incapaz de amar a nadie porque a quien más amaba, era a sí misma.

Un día, su familia se hartó de la situación ¡Ya tenía edad para casarse y su obligación era, quisiera o no, escoger un marido cuanto antes! La rondaban muchos chicos y todos eran excelentes partidos: guapos, ricos, educados…  ¡No había excusa para demorarlo más!

La princesa se negó en rotundo, afirmando que no quería a nadie y que su único deseo era estar sola. No necesitaba un marido y no deseaba compartir su vida con una persona por la que no sentía nada.

Sintiéndose muy desgraciada, salió corriendo hacia la playa. Era el lugar donde más le gustaba refugiarse, lejos de todo el mundo. Allí, junto a la orilla del mar, lloró sin consuelo. Lo único que anhelaba era ser tan hermosa como las estrellas del cielo y que todo el mundo la admirara ¿Acaso era mucho pedir?

La luna y las estrellas, desde lo alto, la miraban con estupor porque  no comprendían que fuera tan vanidosa ¡En la vida había cosas más importantes que la belleza exterior!  Se reunieron  y llegaron a la conclusión de que debían hacer algo para que dejara de ser una muchacha frívola  y orgullosa. Al final, tomaron una decisión unánime: convertirla en estrella, pero no en una brillante y reluciente como ellas, sino en una pequeña y sencilla estrella de mar.

Y así, como por arte de magia, Acafala se transformó para siempre en una estrella amarillenta, sin brillo, condenada a pasar el resto de sus días en las profundidades del océano. A partir de ese día, vivió en la oscuridad, rodeada de silencio, y sin poder contemplar los astros del cielo a los que tanto adoraba.

Dice la leyenda que ésta fue la primera estrellita de mar que existió y que desde entonces, todas las estrellas marinas del mundo, son igual de calladas y solitarias que la princesa Acafala.

 

 

 

FUENTE: MUNDO PRIMARIA

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El puma recibe una lección

Adaptación de la leyenda de la mexicana.

Se cuenta que hace muchos, muchísimos años, vivía en México un puma negro como el carbón y fuerte como ninguno. Consciente de que su presencia causaba miedo a los demás animales de su entorno, disfrutaba dándoles sustos en cuanto veía la ocasión.

Si les pillaba despistados, comenzaba a rugir de repente causándoles un gran sobresalto. Otra de sus aficiones favoritas era trepar a los árboles y saltar sin hacer ruido tan cerca de ellos que salían corriendo aterrorizados. El puma se divertía mucho con estas bromas pesadas, pero lo cierto es que los demás animales estaban hartos de su mal gusto.

Cierto día, el puma iba corriendo a tal velocidad que tropezó con la casa de un pequeño saltamontes y la destrozó. El saltamontes se enfadó muchísimo.

– ¿Te parece bonito lo que has hecho? – le dijo enfurecido, enfrentándose a él con valentía – Estoy harto de que actúes de manera arrogante ¡Mira las consecuencias que tienen tus estúpidos comportamientos!

– ¿Cómo te atreves a hablarme así? – El puma rugió con tanta fuerza que se le oyó a cien metros a la redonda – Un insecto tan insignificante como tú no tiene que decirme lo que debo o no debo hacer ¡faltaría más!

– ¿Eso piensas? – chilló el saltamontes quedándose casi afónico del esfuerzo por parecer amenazante – Tú has pateado mi hogar y tendrás que hacerte cargo de los gastos de reconstrucción.

– ¡Ja ja ja! ¡Ni lo sueñes, bobo! Quítate de en medio y déjame pasar. Tengo cosas más importantes que hacer que estar aquí perdiendo el tiempo contigo.

El puma se disponía a largarse sin dar su brazo a torcer, sin ni siquiera pedir disculpas. El saltamontes, estaba enfurecido.

– Como eres tan valiente y te crees más fuerte y listo que nadie, te reto a luchar. Mañana a esta hora, nos enfrentaremos aquí mismo. Yo reuniré a mi ejército y tú al tuyo ¡Ya veremos quién gana!

– ¡Está bien! Tú y los tuyos tendréis vuestro merecido y aprenderéis a respetarme- vociferó el puma, convencido de que el listillo del saltamontes tenía todas las de perder.

Ambos, cada uno por su lado, fueron en busca de sus tropas. El saltamontes reunió a sus amigas las avispas; el puma, a algunos de sus colegas zorros.  Cuando llegó la hora fijada, aparecieron los dos bandos dispuestos a enfrentarse en campo abierto. Se miraban unos a otros con desprecio y vigilando cada movimiento.

Uno de los zorros con más experiencia en este tipo de situaciones, decidió que era el momento de atacar. Miró al puma para pedir su aprobación y cuando éste asintió con la cabeza, animó a los demás a lanzarse contra los contrincantes.

– ¡Al ataque! ¡Que no quede ni uno de esos insectos!

El saltamontes reaccionó y también gritó a su ejército de avispas.

– ¡Vamos chicas! ¡Esto va a ser pan comido! ¡Al ataque!

El puma y los zorros eran mucho más grandes en tamaño y fuerza, pero no contaban con el arma secreta de las avispas, que sacaron sus afilados aguijones y los clavaron sobre los lomos de sus enemigos, una y otra vez.

El puma y los zorros comenzaron a revolverse y a saltar por el insoportable dolor. Tan mal lo estaban pasando que salieron disparados hacia el lago más cercano  y se lanzaron al agua para aliviar el escozor. Sumergieron sus cuerpos excepto las cabezas.  Las decenas de avispas bajo órdenes del saltamontes, se quedaron zumbando a escasa distancia sobre ellos. Si el puma y los zorros querían salir del agua ¡zas!… ¡Volverían a picarles! Así que tuvieron que quedarse durante horas a remojo.

A medida que anochecía, la temperatura del agua bajaba y la humedad en sus huesos se hizo insoportable. Tenían hambre, sed, y ya no podían más de agotados que estaban por el esfuerzo de mantenerse a flote. Dejando a un lado su orgullo, el puma se rindió.

– Está bien, saltamontes. Admito que me he equivocado. Tú y tu ejército habéis ganado la batalla – reconoció con voz cansada.

El puma se sentía muy humillado pero no le quedaba otra opción. El saltamontes suspiró y aplaudió a sus fieles amigas las avispas como agradecimiento por su ayuda. Después, miró a los ojos  al puma.

– Espero que hayas aprendido la lección. La fuerza no es lo más valioso que uno tiene. Tampoco lo es el tamaño ni el creerse mejor que los demás. Y que te quede claro: por pequeños que seamos algunos, unidos podemos vencer al más poderoso.

 

 

FUENTE: MUNDO PRIMARIA

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El pájaro carpintero y el Tucán

Adaptación de la leyenda de la Amazonas.

Hace muchísimos años, en la selva amazónica, vivía un pequeño pájaro carpintero que iba a ser papá.  Los días habían pasado rápido y sus crías estaban a punto de nacer. Necesitaba fabricar un nido en un lugar seguro, lejos de los depredadores;  por este motivo, eligió la parte alta de un tronco centenario, lejos de miradas indiscretas.

Como no disponía de mucho tiempo, se dedicaba día y noche a picotear sin descanso la corteza del árbol ¡Tenía que hacer un agujero grande y confortable para los huevos!

El sonido de su pico golpeando la madera se extendió por los alrededores y llamó la atención de un tucán. Al principio, el ave de colores no encontraba de dónde salía ese repiqueteo, pero indagó un poco y descubrió al pájaro carpintero trabajando, oculto por el follaje de los árboles.

– ¡Hola, amigo! Veo que estás haciendo un nido para tu familia.

– Sí, así es. Tengo que terminarlo cuanto antes porque mis pequeñuelos llegarán al mundo de un momento a otro.

El tucán estaba fascinado. Nunca había visto a nadie trabajar con tanto interés y decidió hacerle una proposición.

– ¿Sabes? Yo no tengo casa y me veo obligado a anidar a la intemperie y en cualquier lugar. Nunca me siento seguro y paso bastante frío. Me preguntaba si podría contar contigo para que fabriques un nido para mí.

El pájaro carpintero dejó por un momento de picar la madera y le miró muy interesado. Sus ojos se posaron en el pecho del tucán, un ave realmente hermosa y colorida.

– ¡Se me ocurre una idea! Si te parece bien, yo me comprometo a fabricar tu nido y a cambio, tú me regalas algunas de tus preciosas plumas rojas ¡Creo que serían el adorno perfecto para mi cabeza!

– ¡Fantástico! Es un trato justo para los dos ¡Cuenta con ello!

En cuanto el pájaro carpintero terminó de construir su nido, se puso a taladrar otro agujero en un árbol vecino para el tucán. Al finalizar la obra, el tucán le felicitó por su buen hacer, se quitó unas cuántas plumas, y se las colocó a su nuevo amigo en la cabeza. Después, los dos volaron hasta una charca que habían formado las lluvias de la mañana. El pájaro carpintero se inclinó un poco para verse y se encontró guapísimo.

– ¡Oh, qué bien me quedan! Muchas gracias, amigo ¡Son preciosas!

– Gracias a ti por construir mi nuevo hogar.

Se abrazaron y entre ellos se creó una amistad para toda la vida.

Dice la leyenda que, desde ese día, los pájaros carpinteros lucen orgullosos un simpático penacho de plumas y que los tucanes siempre encuentran agujeros para vivir, pues sus amigos los pájaros carpinteros se los ceden para que puedan guarecerse y anidar.

 

 

FUENTE: MUNDO PRIMARIA

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La leyenda del arroz

Adaptación de la leyenda de la India.

Cuenta una antiquísima leyenda india que, hace cientos de años, los granos de arroz eran mucho más grandes que los que conocemos hoy en día. Por aquel entonces, su cultivo era fundamental para los habitantes de la India, pues debido a su enorme tamaño, mucha gente podía alimentarse. Lo cierto es que casi nadie pasaba hambre, ya que unos pocos granos en el plato, bastaban para llenar la tripa y dejar saciado a cualquiera.

Los campesinos disfrutaban además de una gran ventaja ¿Sabes cuál? ¡Pues que no hacía falta ir a recogerlos!  Cuando los granos estaban maduros, pesaban tanto que se caían solos de sus tallos y rodaban hasta los graneros que, muy hábilmente, habían sido construidos  cerca de las plantaciones para que el arroz entrara fácilmente por la puerta.

Un año, la cosecha  fue increíble. Las plantas de arroz crecieron fuertes y robustas y los granos alcanzaron el tamaño más grande nunca visto. Todos  pensaron que sus graneros se habían quedado pequeños y que era una pena que, por no poder almacenarlo todo, una gran parte del cereal se pudriera. La única solución que se les ocurrió fue ampliar sus graneros.

Sin dudarlo ni un segundo, se pusieron manos a la obra. Todos los campesinos, ayudados por sus familias, trabajaron día y noche para que las obras estuvieran terminadas a tiempo. Se dieron mucha prisa y se esforzaron al máximo, pero no lo consiguieron: antes de acabar las reformas de los almacenes, los primeros granos de arroz comenzaron a desprenderse de la planta y a rodar hasta sus puertas.

En uno de los graneros a medio hacer, estaba una mujer anciana sentada junto a la entrada. Vio llegar un grano de arroz y, rabiosa, se acercó a él y le dio un pisotón al tiempo que gritaba:

– ¿Porque se tuvieron que hacer más grandes? Si tan solo fueran más pequeñas, no hubiéramos trabajado tanto en reconstruir los graneros. Decía la anciana gritando a los cuatros vientos, maldiciendo los enormes granos de arroz, aquellos que toda su vida los mantuvo alejados del hambre.

Debido al fuerte golpe del pisotón, el grano de arroz se rompió en mil pedazos que se esparcieron por el suelo.  Momentos después, se escuchó una voz suave y melancólica que venía de uno de esos trocitos.

– ¡Señora, es usted una desagradecida! A partir de ahora, no vendremos a vuestros hogares,  sino que seréis vosotros quienes iréis a buscarnos al campo cuando nos necesitéis.

Desde ese día, los granos de arroz son pequeñitos y  los campesinos se ven obligados a  levantarse  cada mañana para realizar el duro trabajo de recolectar este cereal en los humedales.

 

 

FUENTE: MUNDO PRIMARIA

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La leyenda del maíz

Adaptación de la leyenda mexicana (azteca)

Hace varios siglos, antes del descubrimiento de América, en México vivían los aztecas. Cuenta la leyenda que se alimentaban de raíces de plantas que iban encontrando y de los animales que conseguían cazar cada día.

Su mayor deseo era comer maíz, pero no podían porque crecía escondido detrás de unas altas y escarpadas montañas, imposibles de atravesar.

Un día, pidieron ayuda a varios dioses y éstos, deseando prestar ayuda a los humanos, probaron a separar las gigantescas montañas para que pudieran pasar y llegar hasta el maíz. No sirvió de nada, pues ni los dioses, utilizando toda la fuerza que tenían, lograron moverlas.

Pasó el tiempo y, estaban tan desesperados, que suplicaron al gran dios Quetzalcóatl que hiciera algo. Necesitaban el maíz para hacer harina, y con ella poder fabricar pan. El dios se comprometió a echarles una mano, pues su poder era inmenso.

A diferencia de los otros dioses,  Quetzalcóatl no quiso probar con la fuerza, sino con el ingenio. Como era un dios muy inteligente, decidió transformarse en una pequeña hormiga negra. Nadie, ni hombres ni mujeres, ni niños ni ancianos, comprendían para qué se había convertido en ese pequeño insecto.

Sin perder tiempo, invitó  a una hormiga roja a acompañarle en la dura travesía de cruzar las altas montañas. Durante días y con mucho esfuerzo, las dos hormiguitas subieron juntas por la dura pendiente hasta llegar a la cumbre nevada. Una vez allí, iniciaron la bajada para pasar al otro lado. Fue un camino muy largo y llegaron agotadas a su destino, pero mereció la pena ¡Allí estaban las doradas mazorcas de maíz que su pueblo tanto deseaba!

Se acercaron a la que parecía más apetitosa y de ella, extrajeron uno de sus granos amarillos. Entre las dos, iniciaron el camino de regreso con el granito de maíz bien sujeto entre  sus pequeñas mandíbulas. Si antes el camino había sido fatigoso, la vuelta lo era mucho más. La carga les pesaba muchísimo y sus patitas se doblaban a cada paso, pero por nada del mundo podían perder ese granito del color del sol.

Los aztecas recibieron entusiasmados a las hormigas, que llegaron casi arrastrándose y sin aliento ¡Qué admirados se quedaron cuando vieron que lo habían conseguido!

La hormiga negra, que en realidad era el gran dios, agradeció a la hormiga roja el haberle ayudado y prometió que sería generoso con ella. Después entregó el grano de maíz a los aztecas, que corrieron a plantarlo con mucho mimo. De él salió, en poco tiempo, la primera planta de maíz y, de esa planta, muchas otras que en pocos meses poblaron los campos.

A partir de entonces, los aztecas hicieron pan para alimentar a sus hijos, que crecieron sanos y fuertes. En agradecimiento a Quetzalcóatl comenzaron a adorarle y se convirtió en su dios más amado para el resto de los tiempos.

 

 

FUENTE: MUNDO PRIMARIA

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La Madremonte

Los campesinos y leñadores que la han visto, dicen que es una señora corpulenta, elegante, vestida de hojas frescas y musgo verde, con un sombrero cubierto de hojas y plumas verdes. No se le puede apreciar el rostro porque el sombrero la opaca. Hay mucha gente que conoce sus gritos o bramidos en noches oscuras y de tempestad peligrosa. Vive en sitios enmarañados, con árboles frondosos, alejada del ruido de la civilización y en los bosques cálidos, con animales dañinos.

Los campesinos cuentan que cuando la Madremonte se baña en las cabeceras de los ríos, estos se enturbian y se desbordan, causan inundaciones, borrascas fuertes, que ocasionan daños espantosos.

Castiga a los que invaden sus terrenos y pelean por linderos; a los perjuros, a los perversos, a los esposos infieles y a los vagabundos. Maldice con plagas los ganados de los propietarios que usurpan terrenos ajenos o cortan los alambrados de los colindantes. A los que andan en malos pasos, les hace ver una montaña inasequible e impenetrable, o una maraña de juncos o de arbustos difíciles de dar paso, borrándoles el camino y sintiendo un mareo del que no se despiertan sino después de unas horas, convenciéndose de no haber sido más que una alucinación, una vez que el camino que han trasegado ha sido el mismo.

 

FUENTE: TODA COLOMBIA.

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El hilo rojo del destino

Adaptación de una antigua leyenda japonesa

En Japón existe una leyenda que cuenta que dos personas destinadas a quererse, están unidas por un hilo rojo atado a sus dedos meñiques. Este hilo es invisible, pero llegará un día en que  todos conoceremos a esa persona que está al otro lado del hilo y la amaremos profundamente.

Dice una hermosa historia que hace muchos siglos, un poderoso emperador se enteró de que en sus dominios vivía una bruja que tenía poderes y era capaz de ver el hilo rojo del destino.

El emperador, que estaba deseando casarse, ordenó que buscaran a la bruja y la llevaran ante su presencia. Quería saber a toda costa quién estaba al otro extremo de su hilo, quién sería su futura mujer. La bruja acudió al palacio y gracias a uno de sus extraños brebajes, el emperador pudo ver el hilo rojo atado a su dedo.

Comenzó a seguir el hilo y llegó hasta un pueblo rural donde vivía gente muy  humilde. Atravesando callejuelas, el hilo le condujo hasta el mercado, donde las mujeres vendían fruta y verdura mientras sus chiquillos correteaban formando un gran alboroto. En uno de los puestos vio a una pobre campesina que amamantaba a un bebé,  al tiempo que ofrecía en cestas la cosecha del día anterior. Asombrado, comprobó que su hilo terminaba en el dedo de esa sencilla mujer.

– Señor – le dijo la bruja mirándole a los ojos – como puede ver, hasta aquí llega el hilo rojo. Eso significa que su destino está en la mujer que tiene frente a usted.

El emperador se enfadó muchísimo pensando que la bruja  estaba burlándose de él.

– ¿Estás insinuando que yo tengo o tendré algo que ver con esta harapienta campesina? – le preguntó enfadado, fulminándola con la mirada.

– Así es, majestad. Usted mismo puede ver que el hilo le ha traído hasta ella.

Ante la insistencia de la bruja, el emperador se sintió tan ofendido y lleno de rabia, que la desató con la chica. Se acercó a ella y le dio tal empujón que el bebé se le cayó de los brazos, se dio de bruces contra el suelo y se hizo una herida con forma de luna en la frente. Después, mandó que sus soldados apresaran a la bruja y la expulsaran de su reino.

– ¡Maldita bruja embustera! ¡Espero que no vuelvas por aquí!

El emperador se fue furioso. Ni siquiera tuvo compasión por el pequeño que lloraba sin consuelo en el regazo de su afligida mamá.

Pasaron veinte años y el emperador fue haciéndose viejo. Sabía que su obligación era casarse y fundar una familia, pues el reino necesitaba un heredero al trono. A pesar de sus esfuerzos, todavía no había encontrado a ninguna mujer apropiada con la que tener hijos.

Un día, los consejeros reales le dijeron que muy cerca vivía una muchacha bellísima y culta que reunía todas las cualidades de una futura reina. Al emperador, que estaba harto de buscar esposa,  le pareció bien y aceptó convertirla en su mujer.

– ¡No la conozco pero estoy aburrido de esperar! ¡Me casaré con ella!

Llegó el día de la boda. Todavía no conocía a la joven con la que iba a casarse y estaba nervioso y muy  impaciente. Como mandaba la tradición, espero a la novia dentro del templo donde iba a celebrarse la pomposa ceremonia real. Había tanta expectación que no cabía un alfiler. La futura emperatriz entró despacio, luciendo un precioso vestido bordado en oro y con la cara cubierta con un velo de seda natural.  Al llegar junto al emperador, éste levantó el velo y descubrió una joven de rostro hermoso y dulce, con una pequeña cicatriz con forma de luna cerca de la sien.

El emperador se emocionó. Esa mujer era aquel bebé al que años atrás había agredido por culpa de su orgullo. Con lágrimas en los ojos, tocó la vieja cicatriz de la muchacha y la besó. Entre la multitud que abarrotaba el templo, distinguió a su madre, la campesina que vendía fruta en el mercado. Se acercó a ella y tomando sus manos, le pidió perdón por su vergonzoso comportamiento en el pasado.

Se casaron y fueron muy felices, pues el hilo del destino jamás se rompió entre ellos.

 

FUENTE: mundo primaria

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El Dragón de Wawel

Adaptación de la antigua leyenda de Polonia.

Según cuenta una leyenda polaca, hace muchos siglos, en las tierras gobernadas por el príncipe Krakus, empezaron a suceder hechos muy extraños que nadie lograba comprender.

Dice la historia que en sus dominios había una colina conocida como la colina de Wawel. Un día, sin saber por qué, comenzaron a faltar personas que vivían en los pueblos colindantes, gente que de repente un día se esfumaba y de la que nunca jamás se volvía a saber nada. Por si esto fuera poco, los pastores empezaron a notar también que, cada vez que hacían recuento de ovejas, en sus rebaños siempre faltaba alguna.

Los habitantes de la zona estaban desconcertados ¿Cómo era posible que personas y animales desaparecieran como si se los hubiese tragado la tierra? Algo iba mal, pero nadie tenía ni idea de cómo solucionar el misterio.

Un día, un muchacho que paseaba por la colina, descubrió una enorme cueva tapada por unos matorrales. Asomó la cabeza y se quedó paralizado de miedo: allí dentro dormía un dragón verde de piel brillante y tamaño descomunal .Tenía un aspecto que daba pavor y cada vez que roncaba, las paredes de la cueva vibraban como si fueran de papel.

Temblando como un flan salió pitando de allí y bajó al pueblo más cercano para avisar a todo el mundo. Después, fue al castillo para comunicárselo también al príncipe Krakus, quien consciente de la terrible amenaza  que suponía el reptil alado, mandó a los soldados más valerosos de su ejército a luchar contra él.

Un grupo enorme, armado hasta los dientes,  tomó rumbo a la colina con una única misión: ¡abatir al temible enemigo!  Pero el dragón, que ya estaba despierto, vio que el ejército se acercaba  e intuyó que iban a por él.

Muy airado, salió de su guarida, cogió aire y los expulsó de allí lanzando bocanadas de fuego por su enorme boca. Los soldados salieron volando como muñecos de trapo, envueltos en una especie de huracán caliente y con el culo un poco chamuscado.

Evidentemente, la operación resultó un fracaso. El dragón era demasiado fiero, demasiado fuerte y demasiado peligroso como para acercarse.

El príncipe Krakus, como último recurso, promulgó un bando real: quien consiguiera vencer al  monstruo, se casaría con lo que él más quería: su dulce hija Wanda.

Una noticia de tal magnitud no tardó en extenderse como la pólvora y llegó a oídos de un joven y guapo zapatero. El muchacho, que era muy humilde pero inteligente como el que más, decidió intentarlo y elaboró un plan infalible.

¿Quieres saber qué hizo?… Consiguió la piel de un borrego, la rellenó con azufre y alquitrán, y por la noche, cuando el dragón dormía, la colocó en la entrada de la caverna. En cuanto se despertó de su profundo sueño, el animal vio la falsa oveja, se relamió y la devoró con ansia.

La comió tan rápido y con tantas ganas, que al terminar sintió mucha sed y bajó al río Vístula a beber. El agua penetró a borbotones en su inmenso estómago, y al entrar en contacto con el azufre y el alquitrán que se había zampado sin darse cuenta, la tripa le explotó en mil pedazos.

El zapatero fue aclamado como un auténtico héroe y recibió todos los honores posibles, aunque el mejor de todos los premios, fue casarse con la hermosa princesa Wanda. Dicen que fueron muy, muy  felices, durante toda la vida.

Hoy en día, en Polonia,  existe una población en torno a la colina donde vivió, hace tantos siglos, el peligroso dragón. Está considerada una de las ciudades más importantes y bellas del país y se llama Cracovia, en honor a uno de los protagonistas de esta historia: el príncipe Krakus.

 

FUENTE: mundo primaria
Imágenes: Vider

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