Un pez rojo

Había terminado la lectura en voz alta del cuento. Marina ya no era un pez desdichado: tenía alas para volar, era un murciélago. Los niños seguían siendo los mismos, al parecer. Yo no era la hechicera Vera, no los transformaría en el animal que desearan. Luego de la lectura inicié el taller de origami. Cada niño escogía una hoja al azar, amarilla, verde, roja, azul. Cada uno realizó su pez: doblar y doblar, buscar la forma con cuidado de no romper la hoja, los más adelantados ayudaban a los otros. A mi derecha estaba sentado un niño de unos 8 años, escuché que repetía varías veces: “quiero uno rojo profe, un pez rojo”, los demás lo molestaban y le decían que ya tenía el suyo.

El grupo era grande, casi 30 niños, todos con su pez. Riendo, jugando, algunos que caminaban o acababan de llegar al parque se acercaban y tomaban un libro y se sentaban a leer, como quien toma un dulce y se lo come sin preguntar. Luego, cuando ya cada uno terminó su pez, se había acercado un grupo nuevo de niños suficiente para iniciar otra ronda de lecturas. Pero el niño seguía ahí. No contento con su pez azul, en esta segunda oportunidad tomó otra hoja, pero tampoco era roja. Leímos. Había partido del junior y pasaban grupos de gente hacia el estadio. Empezaba el ruido. Marina deseaba ser otro animal porque se aburría de dar vueltas y vueltas en la pecera, la pecera era una especie de cárcel o jaula para ella. Totó, su amigo, la ayudaría, Marina deseaba ser un dromedario. El niño quería un pez rojo.

Cuando terminaban el pez de origami utilizaban los marcadores de colores para hacer los ojos, la boca, las escamas. Se armó un tercer grupo. Niños iban y venían. Empezaba a oscurecer. Se prendieron las luces en el parque. Seguían las palabras, los cuentos, las historias, las risas infantiles. Seguía el pez rojo a mi derecha. En esta oportunidad tomé yo una hoja roja para hacer el pez modelo y que todos fueran viendo cómo se hacía. Varios niños hicieron dos o tres peces para “llevar a su hermanita” o para “obsequiar a su mamá”. Terminó la actividad. Puse el pez rojo y grande cerca de los libros mientras recogía los pendones y el material de trabajo.

El niño a mi derecha dijo que me ayudaría a recoger todo. Lo hizo. Le entregué el pez rojo y grande, le dije que volviera el viernes, que los cuentos seguirían el próximo fin de semana. Sonrió. Se fue caminando feliz. Caminando en chancletas, con su camisa grande y un pantaloncito que se le caía. Feliz como Totó al ayudar a Marina. Feliz como Marina liberada de la pecera. Niño y pez. Ambos tenían nuevas alas para volar.

Cuento referenciado: Totó y el pez desdichado. Autora Catharina Valckx. Editorial Ekaré

El señor de los globos

Había preguntado en la estación de Transmetro dónde bajarme para ir al parque La victoria. Varias personas me indicaron que me quedara en la estación de la 8. Así lo hice. Luego de caminar un par de cuadras y no ver cerca ningún parque pregunté dónde quedaba ubicado el jardín botánico pues sabía que era un punto de referencia del parque. Me dieron nuevas indicaciones y me dijeron, además, que la estación de la 14 era la más cerca al parque. Ya casi eran las 4, debía llegar pronto, el cielo estaba nublado, parecía que iba a llover.

Caminé bordeando al jardín. En un punto observé un grupo de policías que sacaban a muchos niños y jóvenes de un arroyo. Yo nunca había estado por ahí, así que me sorprendió ver cómo se divertían todos metidos en el agua. Los policías alegaban que ya era hora que salieran, que ya estaba prohibido y otras cosas que no pude escuchar porque apresuré el paso para llegar a tiempo a mi actividad. Por fin llegué, una chica con chaleco verde me dijo que cuidaba el parque, que me acompañaría al punto donde se ubicó la promotora de lectura del día anterior, la seguí.

Me encontré con muchos niños, eso me animó. Cuando empecé a sacar las cosas se me acercó un padre con dos niños, me dijo que si yo era la profesora que leería los cuentos, le dije que sí, “déjeme la ayudo” respondió. Un par de señoras con sus niñas pequeñas se acercaron hasta que se formó un grupo nutrido. Empezó la actividad. Leímos. Cantamos, hicimos una ronda donde el lobo no se come a caperucita, o a los cerditos, sino que persigue a todos por el parque hasta atraparlos y hacerles cosquillas. Luego de la lectura de los cuentos saqué el material para que los niños crearan sus propios personajes, estarían hechos con cartón, lana, marcadores, paletas. Mientras cada uno dibujaba su personaje el papá de los dos niños hacía el suyo, noté que era un gato, luego ayudó a sus hijos. Y así con los demás niños. Continué la actividad, le pedí al señor que por favor me pasara las imágenes que había tomado pues él estuvo durante toda la sesión y vi que tomó fotos.

Al final, mientras recogía las cosas, charlamos un poco el papá de los niños y yo, dijo que volvería al día siguiente, que le gustaron mucho los cuentos. Le pregunté donde había aprendido a dibujar tan bien, pues los animales que pintó eran buenos, respondió que había vivido varios años en Venezuela y que trabajó en eventos infantiles haciendo globoflexia, “pero eso ya hace tiempo” ahora soy electricista, terminó, aunque nunca olvida hacer animales con globos pues “eso es algo que se lleva por dentro”. Le dije que era maravilloso ese conocimiento, que hiciéramos alguna actividad juntos en otra oportunidad, se ofreció a enseñarme. Tendría otra excusa, pensé, para llevar siempre a sus hijos a las actividades de lectura.

Un señor cualquiera resultó ser un artista. Leer en el parque es descubrir que cada persona tiene una historia que contar; es también aprender a escuchar esa historia. Un libro resulta ser entonces un puente, un camino, para llegar no solo a nosotros mismos sino además a los demás.