Ricitos De Oro

Hace mucho tiempo, existió una niña hermosa de cabellos largos y tan rubios, que todos le llamaban Ricitos de Oro. Como era costumbre cada mañana, Ricitos de Oro se levantaban temprano para recoger flores en el bosque, pero un buen día, la niña caminó tanto entre los árboles que se perdió. Cansada y triste, Ricitos de Oro llegó a una cabaña pequeña que se alzaba a los pies de un arroyo, y al descubrir que la puerta de aquella cabaña se encontraba abierta, decidió entrar.

Una mesa grande ocupaba el centro de la sala, y encima de ella la niña pudo ver tres tazones de sopa, uno grande, otro mediano y el último, el más pequeño de los tres. Al ver aquella sabrosa comida, Ricitos de Oro se dispuso a beberla, comenzando por el tazón más grande de todos.

“¡Qué caliente!” – exclamó con sorpresa la niña, y decidió probar del tazón mediano. “¡Este también está caliente!” – dijo con pesar y se dispuso finalmente a saborear la sopa del último tazón, el más pequeñito de los tres. “¡Este sí que está delicioso!” – repitió una y otra vez con cada bocado hasta que no dejó una sola gota de la sopa.

Cuando terminó de comer, Ricitos de Oro sintió ganas de descansar y descubrió tres sillas en la esquina de la sala, una grande, otra mediana y la última, la más pequeñita de las tres.

Al probar la silla grande, descubrió que sus pies no tocaban el suelo, por lo que decidió sentarse en la silla mediana, pero esta era muy ancha para ella. Por último, se dejó caer en la silla más pequeñita de todas, pero lo hizo con tanta fuerza que la rompió.

Dentro de la casita pequeña, también había un cuarto con tres camas. Una grande y ancha, otra mediana y alta, y una tercera bien pequeñita. Entonces, Ricitos de Oro quiso probar la cama más grande y ancha, pero era tan dura que desistió al momento. Seguidamente, saltó hacia la cama mediana y alta, pero esta también era muy dura para la niña, así que no tuvo más remedio que irse a dormir a la cama más pequeñita de todas. Como la camita era tan suave, la niña se quedó dormida en poco tiempo.

Al cabo de las horas, llegaron tres osos pardos. Eran los verdaderos dueños de la casita: Papá Oso, grande y fuerte, Mamá Osa, mediana y hermosa, y finalmente, Bebé Oso, pequeñito y saltarín.

Cuando se acercaron a la mesa para desayunar, Papa Oso exclamó sorprendido: “¡Alguien ha probado mi sopa!”, a lo que Mamá Osa también replicó: “¡Alguien también ha probado mi sopa!”, y finalmente, el Bebé Oso terminó por decir entre sollozos: “¡Alguien se ha tomado toda mi sopa!”.

Triste y desconsolada, la familia de osos se dispuso a sentarse en las sillas de la casita, pero al llegar, Papa Oso gritó furioso: “¡Alguien se ha sentado en mi silla!”, y Mamá Osa tampoco demoró en protestar: “¡Alguien también se ha sentado en mi silla!”. Sin embargo, la mayor sorpresa fue para Bebé Oso, quien no pudo contener las lágrimas cuando exclamó: “¡Alguien ha roto mi silla!”.

Los tres osos no sabían ya qué hacer, estaban tan tristes y afligidos que decidieron acostarse un rato en sus camas para descansar y olvidar lo ocurrido. Entonces, Papá Oso tumbó su enorme cuerpo en la cama grande y ancha, pero al instante exclamó: “¡Alguien se ha acostado en mi cama!”.

Mamá Osa, al acostarse en su cama alta y ancha se apresuró a decir: “¡Alguien también se ha acostado en mi cama!”, pero la mayor sorpresa fue para Bebé Oso, quién al llegar a su camita, pequeña y suave, chilló con todas sus fuerzas: “¡Alguien está durmiendo en mi cama!”.

Ante tanta algarabía, Ricitos de Oro se despertó asustada, y al ver a los tres osos mirándola se asustó tanto que salió a toda velocidad por la ventana del cuarto, y tanto corrió la pequeña niña que en pocos minutos atravesó el bosque y pudo por fin encontrar el camino de regreso a casa.

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Pinocho

Había una vez, un viejo carpintero de nombre Gepetto, que como no tenía familia, decidió hacerse un muñeco de madera para no sentirse solo y triste nunca más.

“¡Qué obra tan hermosa he creado! Le llamaré Pinocho” – exclamó el anciano con gran alegría mientras le daba los últimos retoques. Desde ese entonces, Gepetto pasaba las horas contemplando su bella obra, y deseaba que aquel niño de madera, pudiera moverse y hablar como todos los niños.

Tal fue la intensidad de su deseo, que una noche apareció en la ventana de su cuarto el Hada de los Imposibles. “Como eres un hombre de noble corazón, te concederé lo que pides y daré vida a Pinocho” – dijo el hada mágica y agitó su varita sobre el muñeco de madera. Al momento, la figura cobró vida y sacudió los brazos y la cabeza.

– ¡Papá, papá! – mencionó con voz melodiosa despertando a Gepetto.

– ¿Quién anda ahí?

– Soy yo, papá. Soy Pinocho. ¿No me reconoces? – dijo el niño acercándose al anciano.

Cuando logró reconocerle, Gepetto lo cargó en sus brazos y se puso a bailar de tanta emoción. “¡Mi hijo, mi querido hijo!”, gritaba jubiloso el anciano.

Los próximos días, fueron pura alegría en la casa del carpintero. Como todos los niños, Pinocho debía alistarse para asistir a la escuela, estudiar y jugar con sus amigos, así que el anciano vendió su abrigo para comprarle una cartera con libros y lápices de colores.

El primer día de colegio, Pinocho asistió acompañado de un grillo para aconsejarlo y guiarlo por el buen camino. Sin embargo, como sucede con todos los niños, este prefería jugar y divertirse antes que asistir a las clases, y a pesar de las advertencias de Pepe Grillo, su conciencia, el niño travieso decidió ir al teatro, a disfrutar de una función de títeres.

Al verle, el dueño del teatro quedó encantado con Pinocho: “¡Maravilloso! Nunca había visto un títere que se moviera y hablara por sí mismo. Sin dudas, haré una fortuna con él” – y decidió quedárselo. Este aceptó la invitación de aquel hombre ambicioso, y pensó que con el dinero ganado podría comprarle un nuevo abrigo a su padre.

Durante el resto del día, Pinocho actúo en el teatro como un títere más, y al caer la tarde decidió regresar a casa con Gepetto. Sin embargo, el dueño malo no quería que el niño se fuera, por lo que lo encerró en una caja junto a las otras marionetas. Tanto fue el llanto de Pinocho, que al final no tuvo más remedio que dejarle ir, no sin antes obsequiarle unas pocas monedas.

Cuando regresaba a casa, se topó con dos astutos bribones que querían quitarle sus monedas. Como era un niño inocente y sano, los ladrones le engañaron, haciéndole creer que si enterraba su dinero, encontraría al día siguiente un árbol lleno de monedas, todas para él.

El grillo trató de alertarle sobre semejante engaño, pero Pinocho no hizo caso a su amigo y enterró las monedas. Luego, los terribles vividores esperaron a que el niño se marchara, desenterraron el dinero y se lo llevaron muertos de risa.

Al llegar a casa, Pinocho descubrió que Gepetto no se encontraba, y empezó a sentirse tan solo, que rompió en llantos. Inmediatamente, apareció el Hada de los Imposibles para consolar al triste niño. “No llores Pinocho, tu padre se ha ido al mar a buscarte”.

Y tan pronto supo aquello, Pinocho partió a buscar a Gepetto, pero por el camino tropezó con un grupo de niños:

– ¿A dónde se dirigen? – preguntó Pinocho

– Vamos al País de los Dulces y los Juguetes – respondió uno de ellos – Ven con nosotros, podrás divertirte sin parar.

– No lo hagas, Pinocho – le dijo el grillo – Debemos encontrarnos con tu padre, que se ha ido solo y triste a buscarte.

– Tienes razón, grillo, pero sólo estaremos un rato. Luego le buscaré sin falta.

Y así se fue Pinocho acompañado de aquellos niños al País de los Dulces y los Juguetes. Al llegar, quedó tan maravillado con aquel lugar que se olvidó de salir a buscar al pobre de Gepetto. Saltaba y reía Pinocho rodeado de juguetes, y tan feliz era, que no notó cuando empezó a convertirse en un burro.

Sus orejas crecieron y se hicieron muy largas, su piel se tornó oscura y hasta le salió una colita peluda que se movía mientras caminaba. Cuando se dio cuenta, comenzó a llorar de tristeza, y el Hada de los Imposibles volvió para ayudarle y devolverlo a su forma de niño.

– Ya eres nuevamente un niño bello, Pinocho, pero recuerda que debes estudiar y ser bueno.

– Oh sí, señora hada, a mí me encanta estudiar – dijo Pinocho y al instante, le quedó crecida la nariz.

– Tampoco debes decir mentiras, querido Pinocho.

– No, para nada, nunca he dicho una mentira – pero la nariz le creció un poco más – ¡Y siempre me porto muy bien!

Pero al decir aquello la nariz le creció tanto, que apenas podía sostenerla con su cabeza. Con lágrimas en los ojos, Pinocho se disculpó con el Hada y le prometió que jamás volvería a decir mentiras, por lo que su nariz volvió a ser pequeña. Entonces, él y el grillo decidieron salir a buscar a Gepetto. Sin embargo, cuando llegaron al mar, descubrieron que el anciano había sido tragado por una enorme ballena.

Enseguida, se lanzó al agua, y después de mucho nadar, se encontró frente a frente con la temible ballena. “Por favor, señora ballena, devuélvame a mi padre”. Pero el animal no le hizo caso, y se tragó a Pinocho también. Al llegar al estómago, se encontró con el viejo Gepetto y quedaron abrazados un largo rato.

– Tenemos que salir cuanto antes, Pinocho – exclamó Gepetto

– Hagamos una fogata papá. El humo hará estornudar a la ballena y podremos escapar.

Y así fue como Pinocho y su padre quedaron a salvo de la ballena, pues estornudó tan fuerte que los lanzó fuera del vientre y lograron escapar a tierra firme. Cuando llegaron a casa, este se arrepintió por haber desobedecido a su padre, y desde entonces no faltó nunca a clases, y fue tan bueno y disciplinado, que el Hada de los Imposibles decidió convertirlo en un niño de carne y hueso, para alegría de su padre, el viejo Gepetto, y del propio Pinocho.

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Los Tres Cerditos

Había una vez 3 cerditos que eran hermanos y vivían en lo más profundo del bosque. Siempre habían vivido felices y sin preocupaciones en aquel lugar, pero ahora se encontraban temerosos de un lobo que merodeaba la zona. Fue así como decidieron que lo mejor era construir cada uno su propia casa, que les serviría de refugio si el lobo los atacaba.

El primer cerdito era el más perezoso de los hermanos, por lo que decidió hacer una sencilla casita de paja, que terminó en muy poco tiempo. Luego del trabajo se puso a recolectar manzanas y a molestar a sus hermanos que aún estaban en plena faena.

El segundo cerdito decidió que su casa iba a ser de madera, era más fuerte que la de su hermano pero tampoco tardó mucho tiempo en construirla. Al acabar se le unió a su hermano en la celebración.

El tercer cerdito que era el más trabajador, decidió que lo mejor era construir una casa de ladrillos. Le tomaría casi un día terminarla, pero estaría más protegido del lobo. Incluso pensó en hacer una chimenea para azar las mazorcas de maíz que tanto le gustaban.

Cuando finalmente las tres casitas estuvieron terminadas, los tres cerditos celebraron satisfechos del trabajo realizado. Reían y cantaban sin preocupación -“¡No nos comerá el lobo! ¡No puede entrar!”.

El lobo que pasaba cerca de allí se sintió insultado ante tanta insolencia y decidió acabar con los cerditos de una vez. Los tomó por sorpresa y rugiendo fuertemente les gritó: -“Cerditos, ¡me los voy a comer uno por uno!”.

Los 3 cerditos asustados corrieron hacia sus casas, pasaron los pestillos y pensaron que estaban a salvo del lobo. Pero este no se había dado por vencido y se dirigió a la casa de paja que había construido el primer cerdito.

– “¡Ábreme la puerta! ¡Ábreme o soplaré y la casa derribaré!”- dijo el lobo feroz.

Como el cerdito no le abrió, el lobo sopló con fuerza y derrumbó la casa de paja sin mucho esfuerzo. El cerdito corrió todo lo rápido que pudo hasta la casa del segundo hermano.

De nuevo el lobo más enfurecido y hambriento les advirtió:

-“¡Soplaré y soplaré y esta casa también derribaré!”

El lobo sopló con más fuerza que la vez anterior, hasta que las paredes de la casita de madera no resistieron y cayeron. Los dos cerditos a duras penas lograron escapar y llegar a la casa de ladrillos que había construido el tercer hermano.

El lobo estaba realmente enfadado y decidido a comerse a los tres cerditos, así que sin siquiera advertirles comenzó a soplar tan fuerte como pudo. Sopló y sopló hasta quedarse sin fuerzas, pero la casita de ladrillos era muy resistente, por lo que sus esfuerzos eran en vano.

Sin intención de rendirse, se le ocurrió trepar por las paredes y colarse por la chimenea. -“Menuda sorpresa le daré a los cerditos”, – pensó.

Una vez en el techo se dejó caer por la chimenea, sin saber que los cerditos habían colocado un caldero de agua hirviendo para cocinar un rico guiso de maíz. El lobo lanzó un aullido de dolor que se oyó en todo el bosque, salió corriendo de allí y nunca más regresó.

Los cerditos agradecieron a su hermano por el trabajo duro que había realizado. Este los regañó por haber sido tan perezosos, pero ya habían aprendido la lección así que se dedicaron a celebrar el triunfo. Y así fue como vivieron felices por siempre, cada uno en su propia casita de ladrillos.

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Hansel y Gretel

Érase una vez dos niños llamados Hansel y Gretel, quienes vivían con su padre leñador y su madrastra cerca de un espeso bosque. La situación de la familia era precaria, vivían con mucha escasez y apenas tenían para alimentarse.

Una noche la cruel madrastra le sugirió al buen leñador que se encontraba atormentado pensando que sus hijos morirían de hambre. – “Debemos abandonarlos en el bosque, ya no hay suficiente comida. A lo mejor se encuentran a alguien que se apiade y les dé de comer”.

Al principio el padre se opuso rotundamente a la idea de abandonar a sus hijos a la merced del bosque. – “¿Cómo se te puede ocurrir semejante idea mujer? ¿Qué clase de padre crees que soy?” – le respondió enfadado.

La mujer que estaba dispuesta a deshacerse de la carga de los niños, no descansó hasta convencer al débil leñador de que aquella era la única alternativa que le quedaba.

Los niños no estaban realmente dormidos, por lo que escucharon junto a la puerta de su habitación toda la conversación. Gretel lloraba desconsoladamente, pero Hansel la consoló asegurándole que tenía una idea para encontrar el camino de regreso.

A la mañana siguiente cuando los niños se disponían a acompañar a su padre al bosque como hacían a menudo, la madrastra les dio un pedazo de pan a cada uno para el almuerzo. Así fue como los niños siguieron a su padre hasta la espesura al bosque, sabiendo que este los iba a dejar allí. Hansel iba detrás, dejando caer migas de su pan para marcar el camino por el que debían regresar a la casa.

Cuando llegaron a un claro, el padre les dijo con una tristeza profunda. – “Esperen aquí hijos míos, iré a cortar algo de leña y luego vendré a buscarlos”.

Hansel y Gretel se quedaron tranquilos como su padre les había pedido, creyendo que tal vez había cambiado de opinión. Se quedaron profundamente dormidos hasta que los sorprendió la noche y siguiendo la luz de la luna, intentaron encontrar el camino de regreso. Pero por más que buscaron y buscaron no lograron encontrar las migas de pan que indicaban el camino, ya que antes los pájaros del bosque se las habían comido.

Así vagaron sin rumbo durante la noche y el día siguiente por el bosque, y con cada paso que daban se alejaban más de la cabaña donde vivían. Pensaban que iban a morir de hambre cuando encontraron a un pajarillo blanco que cantaba y movía sus alas, como invitándoles a seguirle. Siguieron el vuelo de aquel pajarillo hasta que llegaron a una casita, que para su sorpresa estaba construida completamente de dulces. El tejado, las ventanas e incluso las paredes estaban recubiertas de jengibre, chocolate, bizcochos y azúcar.

De inmediato se abalanzaron hacia la casita y mientras mordisqueaban todo lo que podían, oyeron la voz de una viejecita desde el interior que los invitaba a pasar. Se trataba de una bruja malvada que usaba aquel hechizo para atraer a los niños y luego comérselos.

Una vez adentro fue muy tarde para Hansel y Gretel, quienes no lograron escapar. La bruja decidió que Gretel le era más útil en las labores domésticas y a Hansel se lo comería luego de engordarlo, porque estaba muy delgado. Lo metió en una jaula donde lo alimentaba a diario y como estaba media ciega, cuando le pedía que le sacase la mano para ver si había engordado algo, Hansel la engañaba con un hueso.

Pasó el tiempo y la bruja finalmente se aburrió, por lo que decidió comérselo así mismo. Le ordenó a Gretel que prepara el horno para cocinarlo. Mientras la bruja estaba distraída viendo si el horno estaba lo suficientemente caliente, Gretel aprovechó la oportunidad para empujarla a su interior.

Gretel corrió y liberó a su hermano, pero antes de marcharse tomaron las joyas y diamantes que mantenía escondidos la bruja. Huyeron del bosque tan lejos como pudieron, hasta que llegaron a la orilla de un inmenso lago en el que nadaba un bello cisne blanco. Le pidieron ayuda al cisne que los ayudó a cruzar hasta la otra orilla, indicándoles el camino de regreso a su casa.

Con inmensa alegría los niños encontraron a su padre, que no había pasado un día sin que se arrepintiera de lo que les había hecho a sus adorados hijos. Les contó que los había buscado por todo el bosque sin cesar y que la madrastra había muerto. Les prometió que en lo adelante se esforzaría por ser un mejor padre y hacerlos feliz.

Los niños dejaron caer los tesoros de la bruja a los pies de su padre y le dijeron que ya no tendrían que pasar más malos momentos. Y fue así como vivieron felices y ricos por siempre, Hansel y Gretel y su padre el leñador.

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El Sastrecillo Valiente

En una pequeña ciudad, vivió hace mucho tiempo un joven sastrecillo que trabajaba todos los días cosiendo y remendando ropas con sus habilidosas manos. Cierta mañana, cansado de tanto laborar, el sastrecillo decidió comprar un poco de mermelada para comer con pan, y cuando recién se disponía a dar el primer bocado, aparecieron desde la ventana una docena de moscas que pretendían compartir con el sastrecillo aquel pan con mermelada tan suculento.

Maldiciendo y lamentándose, el joven comenzó a espantar a sus molestos visitantes, pero al ver que toda acción era en vano, se dispuso a eliminarlas con un paño mojado de la cocina. Tras dar un golpe seco y rápido sobre la mesa, el sastrecillo pudo ver que había logrado matar a siete moscas, por lo que, orgulloso de sí mismo, decidió bordarse sobre el cinturón un cartel bien grande en el que se leía: “SIETE DE UN GOLPE”.

Sin pensarlo dos veces, el sastrecillo abandonó la comodidad de su casa para pasearse por toda la ciudad con su cinturón bordado, no sin antes llevar consigo un trozo viejo de queso blanco y su mascota preferida: un pájaro.

De esta manera, anduvo el sastrecillo durante horas por toda la ciudad, y tanto dieron sus piernas, que llegó hasta lo más alto de una montaña, donde reposaba tranquilamente un temible gigante. “Hola, amigo mío” – le dijo el sastrecillo que parecía un granito de sal al lado de semejante criatura.

“No me molestes, enano. ¿No ves que estoy a mitad de mi siesta?”, dijo el gigante con desprecio, pero al ver el cinturón del sastrecillo en el que se leía “SIETE DE UN GOLPE”, la enorme criatura pensó que en realidad, aquel jovenzuelo había eliminado a siete caballeros, así que decidió ponerlo a prueba.

Con sus imponentes manos, el gigante tomó una roca del suelo y la exprimió entre sus manos. “¿Acaso eres tan fuerte como yo?” – le preguntó el gigante al sastrecillo entre risas burlones, pero este decidió seguirle el juego y rápidamente sacó el pedazo de queso blanco de su bolsillo y lo apretó con todas sus fuerzas hasta desmoronarlo.

Asombrado de tanta fuerza, el gigante quiso probar una vez más a aquel valiente joven, y tomando una piedra entre sus manos la lanzó tan alto que terminó perdiéndose en las nubes. “Ahora inténtalo tú, enano”, le dijo el gigante al sastrecillo mirándolo con desprecio, pero este no se dejó intimidar, y tomando de su bolsillo al pájaro que tenía por mascota, lo lanzó con todas las fuerzas de sus brazos hasta que el animal se perdió volando en el horizonte.

Enfurecido y malhumorado, el gigante se marchó del lugar, sin dejar de reconocer que en verdad, aquel hombre menudo le había ganado en materia de fuerza. Contento por aquella hazaña, el sastrecillo valiente se dispuso a continuar su travesía, y tras un largo caminar, arribó al palacio de un lejano reino.

En aquel lugar, vivía un viejo rey con su hija, una hermosa princesa. Al verla, el jovenzuelo no pudo ocultar su amor, y tan pronto se lo permitieron corrió a encontrarse con el rey para pedirle la mano de su hija.

“Valiente caballero, si estás dispuesto a casarte con mi hija, deberás probar tu valentía. En el bosque habita un malvado gigante que destruye las cosechas y asusta a los campesinos. Acaba con él y te prometeré a mi hija, la princesa”. Tan pronto terminó de hablar el rey, el sastrecillo salió a toda velocidad por el mismo camino que había transitado, y al cabo de unas horas, encontró por fin al gigante, tumbado a la sombra de varios árboles.

“Eh tú, grandulón, he pensado que esta tierra es demasiado grande para que podamos compartirla. Uno de los dos tiene que irse”, dijo el sastrecillo alzando su voz en lo alto. Al verlo, el gigante se llenó de furia, pero le pidió al sastrecillo que pasara una noche en su cueva, y si lograba sobrevivir, entonces aceptaría finalmente la derrota y se marcharía de aquellas tierras.

Sin preocuparse demasiado, el jovenzuelo acordó el trato y se marchó con el gigante a una cueva enorme en las afueras del bosque. Tan pronto arribaron al lugar, el gigante le ofreció su cama al sastrecillo, pero como hacía tanto frío y la cama era tan grande, el pobre hombre pensó que sería mejor acurrucarse en una de las esquinas, y así lo hizo.

En el medio de la noche, el gigante se acercó sigilosamente a la cama del sastrecillo, levantó el tronco de un grueso árbol y lo dejó caer con furia sobre el centro de la cama una, dos y tres veces. Sin embargo, a la mañana siguiente, el sastrecillo se levantó con toda tranquilidad y al verlo, el gigante se puso blanco como un papel. Sin decir media palabra, la enorme criatura salió disparada a toda velocidad, y nunca más se le ocurrió regresar a aquellas tierras.

De regreso al palacio, el sastrecillo pudo contar la noticia al rey, quien no dudó un instante en casar a aquel valiente jovenzuelo con la princesa para que vivieran muy felices por el resto de sus vidas.

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El Patito Feo

Al igual que todos los años, en los meses de verano, la Señora Pata se dedicaba a empollar. El resto de las patas del corral siempre esperaban con muchos deseos que los patitos rompiesen el cascarón para poder verlos, pues los patitos de esta distinguida pata siempre eran los más bellos de todos los alrededores.

El momento tan esperado llegó, lo que causó un gran alboroto ya que todas las amigas de mamá pata corrieron hacia el nido para ver tal acontecimiento. A medida que iban saliendo del cascarón, tanto la Señora Pata como sus amigas gritaban de la emoción de ver a unos patitos tan bellos como esos. Era tanta la algarabía que había alrededor del nido que nadie se había percatado que aún faltaba un huevo por romperse.

El séptimo era el más grande de todos y aún permanecía intacto lo que puso a la expectativa a todos los presentes. Un rato más tarde se empezó a ver como el cascarón se abría poco a poco, y de repente salió un pato muy alegre. Cuando todos lo vieron se quedaron perplejos porque este era mucho más grande y larguirucho que el resto de los otros patitos, y lo que más impresionó era lo feo que era.

Esto nunca le había ocurrido a la Señora Pata, quien para evitar las burlas de sus amigas lo apartaba con su ala y solo se dedicaba a velar por el resto de sus hermanitos. Tanto fue el rechazo que sufrió el patito feo que él comenzó a notar que nadie lo quería en ese lugar.

Toda esta situación hizo que el patito se sintiera muy triste y rechazado por todos los integrantes del coral e incluso su propia madre y hermanos eran indiferentes con él. Él pensaba que quizás su problema solo requería tiempo, pero no era así pues a medida que pasaban los días era más largo, grande y mucho más feo. Además se iba convirtiendo en un patito muy torpe por lo que era el centro de burlas de todos.

Un día se cansó de toda esta situación y huyó de la granja por un agujero que se encontraba en la cerca que rodeaba a la propiedad. Comenzó un largo camino solo con el propósito de encontrar amigos a los que su aspecto físico no les interesara y que lo quisieran por sus valores y características.

Después de un largo caminar llegó a otra granja, donde una anciana lo recogió en la entrada. En ese instante el patito pensó que ya sus problemas se habían solucionado, lo que él no se imaginaba que en ese lugar sería peor. La anciana era una mujer muy mala y el único motivo que tuvo para recogerlo de la entrada era usarlo como plato principal en una cena que preparaba. Cuando el patito feo vio eso salió corriendo sin mirar atrás.

Pasaba el tiempo y el pobrecillo continuaba en busca de un hogar. Fueron muchas las dificultades que tuvo que pasar ya que el invierno llegó y tuvo que aprender a buscar comida en la nieve y a refugiarse por sí mismo, pero estas no fueron las únicas pues tuvo que esquivar muchos disparos provenientes de las armas de los cazadores.

Siguió pasando el tiempo, hasta que por fin llegó la primavera y fue en esta bella etapa donde el patito feo encontró por fin la felicidad. Un día mientras pasaba junto a estanque diviso que dentro de él había unas aves muy hermosas, eran cisnes. Estas tenían clase, eran esbeltas, elegantes y se desplazaban por el estanque con tanta frescura y distinción que el pobre animalito se sintió muy abochornado por lo torpe y descuidado que era él.

A pesar de las diferencias que él había notado, se llenó de valor y se dirigió hacia ellos preguntándole muy educadamente que si él podía bañarse junto a ellos. Los cisnes con mucha amabilidad le respondieron todos juntos:

– ¡Claro que puedes, como uno de los nuestros no va a poder disfrutar de este maravilloso estanque!

El patito asombrado por la respuesta y apenado les dijo:

– ¡No se rían de mí! Como me van a comparar con ustedes que están llenos de belleza y elegancia cuando yo soy feo y torpe. No sean crueles burlándose de ese modo.

– No nos estamos riendo de ti, mírate en el estanque y veras como tu reflejo demostrara cuan real es lo que decimos.- le dijeron los cisnes al pobre patito.

Después de escuchar a las hermosas aves el patito se acercó al estanque y se quedó tan asombrado que ni el mismo lo pudo creer, ya no era feo. ¡Se había transformado en un hermoso cisne durante todo ese tiempo que pasó en busca de amigos! Ya había dejado de ser aquel patito feo que un día huyó de su granja para convertirse en el más bello y elegante de todos los cisnes que nadaban en aquel estanque.

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El Mago de Oz

En una granja de Kansas es donde sucede esta historia. Se trata de Dorita, una niña que junto a su perro Totó fue atrapada por un tornado y trasladada hasta tierras muy lejanas.

Para sorpresa de Dorita había llegado a un mundo poblado por seres extraños. ¡Tenía que encontrar el camino a su casa! Así fue preguntando cómo hacerlo hasta que un hada le recomendó consultar al mago de Oz.

¿Cómo hallarlo?-Sigue el camino de las baldosas amarillas-le dijo el hada.

En el recorrido para llegar hasta el mago de Oz, Dorita y su perro Totó se encontraron a un espantapájaros que clamaba por tener un cerebro. Al no poder ayudar a su nuevo amigo, la niña lo invitó a caminar juntos para encontrar al mago y pedirle un consejo.


También se les unió un hombre de hojalata. Este se encontraba triste porque quería un corazón y no encontraba la forma de solucionar su problema. Más tarde, hallaron a un león que a diferencia de los de su especie era miedoso. Entonces, le invitaron a ver al mago de Oz para que este le ayudara.

Después de mucho andar y vivir muchas aventuras, Dorita, Totó, el espantapájaros, el hombre de hojalata y león llegaron al país del mago de Oz donde fueron recibidos por un guardián. Tras preguntar qué quería, los dejó pasar.

El mago de Oz escuchó atentos los deseos de sus visitantes y les dijo que los ayudaría si vencían a una bruja que causaba muchas molestias a su reino. Los nuevos amigos aceptaron.

A salir para cumplir su encomienda, los cinco amigos pasaron por un campo de amapolas y el aroma de estas flores los durmió. Tal situación permitió que unos monos, mensajeros de la bruja, los atraparan y llevaran con la malvada.

Por casualidad, y debido a su miedo, cuando Dorita vio a la bruja le lanzó un cubo de agua a la cara. Tal acción hizo que la bruja se volviera un charco de agua. Y es que esa era la solución para terminar con los hechizos que habían azotado al país del mago de Oz.

Al morir la bruja, el hombre de hojalata, el león y el espantapájaros vieron cumplidos sus deseos. Sin embargo, Dorita y Totó no había podido regresar a su granja en Kansas.

La curiosidad de Totó hizo que Dorita descubriera que el mago de Oz era un anciano que deseaba retirarse a un lugar donde pudiera retirarse. Dorita lo siguió en esta travesía y juntos emprendieron un vuelo en globo.

La travesía cambió su rumbo cuando Totó se cayó del globo y ella saltó tras él. Mientras caía, Dorita somó con sus amigos y escuchó como el hada le decía que pensara en lo bien que se estaba en el hogar.

La niña pensó con todas sus fuerzas:-No hay lugar más feliz que la casa propia.

Al abrir sus ojos se encontró otra vez en Kansas. Escuchó la voz de sus tíos y corrió a abrazarlos. Dorita solo había estando soñando pero vivió en ese mundo de fantasía una experiencia inolvidable.

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El Gigante Egoísta

Hace muchos años, en un pequeño pueblo, existían cinco niños muy amigos que cada tarde salían a jugar al bosque. Los pequeños correteaban por la yerba, saltaban a los árboles y se bañaban en los ríos con gran felicidad. En realidad, eran muy unidos y les gustaba sentirse en compañía de los animales y el calor que les brindaba el Sol. Sin embargo, cierta tarde, los niños se alejaron del bosque y fueron a dar con un inmenso castillo resguardado por unos altos muros.

Sin poder contener la curiosidad, treparon los muros y se adentraron en el jardín del castillo, y después de varias horas de juego, sintieron una voz terrible que provenía de adentro. “¿Qué hacen en mi castillo? ¡Fuera de aquí!”.

Asaltados por el miedo, los cinco niños se quedaron inmóviles mirando hacia todas partes, pero en seguida se asomó ante sus ojos un gigante egoísta horroroso con los ojos amarillos. “Este es mi castillo, rufianes. No quiero que nadie ande merodeando. Largo de aquí y no se atrevan a regresar. ¡Fuera!”. Sin pensarlo dos veces, los niños salieron disparados a toda velocidad de aquel lugar hasta perderse en la lejanía.

Para asegurarse de que ningún otro intruso penetraría en el castillo, el gigante reforzó los muros con plantas repletas de espinas y gruesas cadenas que apenas dejaban mirar hacia el interior. Además, en la puerta principal, el gigante egoísta y malhumorado colocó un cartel enorme donde se leía: “¡No entrar!”.

A pesar de todas estas medidas, los niños no se dieron por vencidos, y cada mañana se acercaban sigilosos a los alrededores del castillo para contemplar al gigante. Allí se quedaban por un largo rato hasta que luego regresaban con tristeza a casa. Tiempo después, tras la primavera, arribó el verano, luego el otoño, y finalmente el invierno. En pocos días, la nieve cubrió el castillo del gigante y le aportó un aspecto sombrío y feo. Los fuertes vientos arreciaban en las ventanas y las puertas, y el gigante permanecía sentado en su sillón deseando que regresara nuevamente la primavera.

Al cabo de los meses, el frío por fin se despidió y dio paso a la primavera. El bosque gozó nuevamente de un verde brillante muy hermoso, el Sol penetró en la tierra y los animales abandonaron sus guaridas para poblar y llenar de vida la región. Sin embargo, eso no sucedió en el castillo del gigante egoísta. Allí la nieve aún permanecía reinando, y los árboles apenas habían asomado sus ramas verdosas.

“¡Qué desdicha!” – se lamentaba el gigante – “Todos pueden disfrutar de la primavera menos yo, y ahora mi jardín es un espacio vacío y triste”.

Afligido por su suerte, este se tumbó en su lecho y allí hubiese quedado para siempre sino fuese porque un buen día oyó con gran sorpresa el cantar de un sinsonte en la ventana. Asombrado y sin poder creerlo aún, el gigante se asomó y esbozó una sonrisa en sus labios. Su jardín había recuperado la alegría, y ahora, no sólo los árboles ofrecían unas ramas verdes y hermosas, sino que las flores también habían decidido crecer, y para su sorpresa, los niños también se encontraban en aquel lugar jugando y correteando de un lado hacia el otro.

“¿Cómo pude ser tan egoísta? Los niños me han traído la primavera y ahora me siento más feliz” – así gritaba el gigante mientras descendía las escaleras para salir al jardín. Al llegar al lugar, descubrió que los pequeñines trepaban a los árboles y se divertían alegremente. Todos menos uno, que por ser el más chico no podía trepar a ningún árbol.

Compadecido con aquel niño, el gigante egoísta decidió ayudarlo y tendió su mano para que este pudiera subir al árbol. Entonces, la enorme criatura eliminó las plantas con espinas que había colocado en su muro y también las cadenas que impedían el paso hacia su castillo.

Sin embargo, cuando los niños le vieron sintieron miedo de que el gigante egoísta les expulsará del lugar, y sin perder tiempo se apresuraron a marcharse del castillo, pero el niño más pequeño quedó entonces atrapado en el árbol sin poder descender. Para su sorpresa, las flores se marchitaron, la yerba se tornó gris y los árboles comenzaron a llenarse de nieve.

Con gran tristeza, el gigante le pidió al chico que no llorara, y en cambio le dijo que podía quedarse y jugar en su jardín todo el tiempo que quisiera. Entonces, los demás niños que permanecían escondidos desde fuera del muro, comprendieron que este no era malo, y que por fin podían estar en el jardín sin temor a ser expulsados.

Desde ese entonces, cada año cuando la primavera arriba al bosque, los niños se apresuran hacia el castillo del gigante para llenar de vida su jardín y sus flores.

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El Gato Con Botas

Érase una vez un molinero que tenía tres hijos, a los que quería por igual. Sin embargo, el molinero era muy pobre y por eso cuando murió tan solo tenía para darles en herencia a sus hijos el molino, un burro y un gato, en apariencia bastante común.

La repartición de los bienes, según la voluntad del fallecido, sería atendiendo a la edad de sus muchachos. Así, el molino correspondió al primogénito, el burro al hijo del medio, y el gato al más pequeño.

Apenas estuvo hecha la repartición, este último pensó que había sido el más desgraciado. Sus hermanos podrían trabajar mancomunadamente y aprovechar sus fuerzas para acumular algo de riqueza, algo que el padre, aunque muy bueno, no había podido lograr por su tozudez y viejos hábitos. En cambio él, con un simple gato, nada podría hacer para ganarse la vida.

Al tanto de los pensamientos de su nuevo amo, el gato, para nada un felino doméstico común, lo sorprendió al hablar cual si fuera una persona y le dijo:

-No lamentes en vano, pues ciertamente de los tres eres el que ha salido mejor parado. Para demostrártelo y consolidar tu fortuna solo necesito que me consigas un par de botas y un saco.

Sorprendido, el muchacho le buscó al gato lo que este demandaba. Siempre había sabido que el gato era muy astuto por su comportamiento extraño en comparación con otros animales, pero nunca había imaginado que pudiese hablar, y mucho menos coordinar acciones para un plan como el que al parecer tenía ideado.

Así, el gato tomó sus botas y se las encasquetó y saco en ristre salió hacia el bosque.

Una vez llegó allí llenó el saco con hierba y trampas para animales y se tiró en el suelo, simulando estar muerto.

A los pocos minutos varios conejos se acercaron al saco y al intentar comer de la hierba que contenía, quedaron atrapados en las trampas.

Contento por el triunfo de su ardid, el gato con botas recogió el saco con los conejos y fue al palacio real, donde pidió hablar con el rey para entregarle un presente de su amo.

Los guardias lo dejaron entrar y, ya frente al monarca, el gato exclamó:

-Su Majestad, permítame entregarle este obsequio resultante de su habilidad para cazar, de mi amo el Marqués de Carabás.

El rey nunca había oído hablar de tal noble, pero los conejos tenían tan buena carne, que enseguida pensó que se trataba de un muy buen cazador y gustoso aceptó el regalo.

-Gracias por este presente, gato –dijo el rey-. Asegúrate que tu amo reciba mi gratitud y dile que es bienvenido en nuestra corte.

El gato desbordaba de júbilo y rápidamente fue a poner al tanto a su dueño, incapaz de comprender la estrategia de su felino. Este le pidió que lo dejara actuar, que llegado el momento comprendería de qué iba todo.

El día después de haber cazado los conejos y regalárselos al monarca, el gato repitió su operación. Esa vez, la presa fueron dos perdices y a cambio recibió una propina del rey, que vino muy bien al joven que heredó tan astuto gato con botas.

El tiempo fue pasando y por varios meses el gato llevó el resultado de su caza al rey, que siempre le daba algo a cambio y le manifestaba su interés por conocer al Marqués que tantos detalles tenía con él.

Pero resulta que un día las condiciones que el singular felino requería para pasar a la siguiente etapa de su plan se materializaron.

El rey salió en su carruaje junto a su hija, la bella princesa de la comarca, a dar un paseo por la ribera del río.

Enterado de esto, el gato instó a su amo a meterse en el río en paños menores y le pidió que lo dejase actuar y solo le siguiese el rollo.

El joven hizo tal cual le pidió el gato sin cuestionarse nada. En definitiva, llevaba ya varios meses viviendo del dinero que su astuto compañero animal le llevaba cada día.

Cuando el carruaje pasó por las cercanías del sitio exacto en el que el joven se bañaba, el gato comenzó a gritar:

-Auxilio, auxilio! Unos ladrones han asaltado a mi amo y se han llevado su ropa. Por eso está en el río, avergonzado y sin poder salir.

Apenas lo escuchó el rey mandó a detener su caravana. Había reconocido al gato y preocupado por la suerte del noble Marqués de Carabás, le pidió al gato que le contase la historia con lujo de detalles.

Así lo hizo el gato y ganó la solidaridad del monarca, que ordenó dar ropas lujosas al Marqués, para que pudiera salir del agua.

Cuando esto estuvo hecho el rey trabó inmediata confianza con el supuesto noble que había estado regalándole el resultado de su habilidad para la caza durante meses.

El joven hijo de un pobre molinero había ganado en astucia desde el momento en que heredó a su gato con botas, razón por la que comprendió de inmediato el sentido de todo lo que había estado haciendo su suerte de mascota.

De esta forma, aceptó la invitación del rey a acompañarlo a él y su hija en el carruaje, durante el resto del paseo.

A medida que avanzaba, la caravana real se encontraba a su paso a productores de heno, trigo y otros cultivos de gran demanda en el palacio.

El rey siempre ordenaba detener el paso de su carruaje para interactuar con los trabajadores y preguntarles para quién trabajaban y de quién eran las tierras en la que lo hacían.

Estos, a los que oportunamente el gato con botas, que iba al frente de la caravana, les había alertado lo que debían decir para supuestamente no morir, respondía al monarca que eran trabajadores del famoso Marqués de Carabás, dueño y señor de las tierras por las que el monarca transitaba ahora mismo.

Mientras esto pasaba, en la cabeza del rey iba cobrando cada vez más forma una idea. El joven Marqués era el pretendiente ideal para su hija, la que al parecer estaba encantada con el joven tanto como él lo estaba con ella.

Unos kilómetros más adelante de donde habían visto al último productor de trigo, los nobles se encontraron con un fabuloso castillo, que competía en belleza y esplendor con el palacio real.

Pero sucede que unos minutos antes de que la caravana llegase, el astuto gato, que se había adelantado aún más, había tomado cartas en el asunto.

Ese castillo, el cual conocía muy bien, era propiedad de un horrendo ogro.

El gato conocía que esta criatura tenía la extraña habilidad de convertirse en animal.

Por ello, cuando llegó al castillo y lo vio, le increpó:

-¿Es cierto que tienes la habilidad de convertirte en cualquier animal?

-Por supuesto que sí -le dijo el ogro, al tiempo que se convertía en un león.

Sin dejarse amilanar ante la impresión y el temor que le causaba el llamado rey de la selva, el gato con botas agregó a la conversación:

-¿Pero acaso serás capaz de transformarte también en animales más pequeños?

-¿Por quién me tomas? Claro que sí –exclamó orgulloso el ogro, mientras se convertía en un ratón.

Esta era la oportunidad que el gato esperaba. Apenas vio al roedor le fue encima y se lo tragó de golpe, de forma que el castillo quedaba sin amo.

Así, cuando la caravana real llegó, la recibió y con mucha solemnidad dijo:

-Bienvenido Su Majestad y bella princesa al castillo de mi amo el Marqués de Carabás. Pueden disponer de sus terrenos como gusten para descansar y volver cada vez que les apetezca.

Esto era lo que necesitaba oír el rey para tomar su decisión. El joven, guapo y rico Marqués de Carabás era sin dudas el candidato perfecto para desposar a la princesa y sucederlo en el trono.

Y exactamente así fue al cabo de pocos meses. El joven vivió feliz para siempre con su bella y adorada esposa, orgulloso de haber heredado a un astuto gato con botas que lo convirtió en rey.

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El ganso de oro

Érase una vez, un anciano leñador que tenía tres hijos. El más pequeño de los tres se llamaba “Tontín”, y sus hermanos lo despreciaban porque era muy lento para el trabajo.

Un buen día, mientras el más grande y fuerte de los hijos del leñador se encontraba talando en el bosque, apareció de repente un anciano vestido con harapos que suplicaba por un sorbo de agua y un poco de comida.

“De mi parte no recibirás nada, anciano inútil. Apártate” – le gritó el jovenzuelo y continuó su trabajo talando los árboles. Entonces, el hombre canoso le lanzó una maldición y desde lo alto cayó una rama pesada que fue a parar a la cabeza del joven leñador.

Al llegar a casa, adolorido y triste, el más grande de los hijos del leñador le contó lo sucedido al hermano mediano, y este salió camino hacia el bosque para continuar con el trabajo. Horas después, apareció en el mismo lugar el débil anciano, y al pedir por un poco de comida y un sorbo de agua, el muchacho le respondió:

“No le daré nada, viejo decrépito. Apártese a un lado”. Y nuevamente, el hombre canoso lanzó una maldición sobre el muchacho, quien recibió un fuerte golpe en la cabeza por una rama desprendida de los árboles.

Con tan mala suerte, el hermano mediano regresó a casa y como no quedaba nadie para trabajar, Tontín decidió terminar de talar los árboles, y partió a toda velocidad hacia el bosque. Al llegar al lugar, el anciano apareció entre los árboles para pedir un poco de agua y comida, pero Tontín no lo pensó dos veces y aceptó compartir su comida con aquel hombre debilucho. Para recompensarlo, el anciano le regaló nada menos que un ganso de oro.

Alegre por su regalo, Tontín partió hacia la cabaña para reunirse con su padre y sus hermanos, pero como era de noche, decidió refugiarse en una pequeña posada en el medio del bosque. En aquel lugar, vivía un posadero con sus tres hijas, las cuales, al ver llegar a Tontín con su ganso de oro quisieron aprovecharse y robar las plumas de oro del animal.

La mayor de las muchachas, esperó entonces a que Tontín se quedara dormido, y entró en el cuarto sigilosamente buscando el ganso de oro. Sin embargo, cuando por fin puso sus manos sobre el animal, quedó pegada irremediablemente a él sin poder escapar. Así lo hicieron las otras dos hermanas, quedando pegadas una detrás de la otra.

A la mañana siguiente, Tontín emprendió su camino de regreso a casa, sin darse cuenta que las muchachas se arrastraban con él, pegadas al ganso de oro. Durante el trayecto, un granjero quiso ayudarlas, pero este también quedó pegado al animal sin poder zafarse. La esposa del pobre hombre decidió entonces hacer algo por su marido, pero tan pronto lo tocó se quedó enganchada de la fila.

El perro de la esposa, al ver a su ama arrastrándose por el suelo, trató de ayudarla agarrándola por los tobillos, pero tanto el pobre animal, como el gato de la granja y tres pollitos quedaron inútilmente pegados, justo detrás de la mujer, el granjero y las tres hijas del posadero.

Con el paso del tiempo, aquella extraña caravana llegó a la ciudad, donde el rey tenía una hija que nunca había podido reír. Tanta era la amargura del rey que ofreció la mano de la princesa a cualquier ser humano que fuera capaz de hacerla reír. Para suerte de Tontín, la triste muchacha se encontraba en ese momento descansando en su alcoba, y al ver aquella fila de personas y animales arrastrándose por el suelo, estalló en miles de carcajadas, por lo que el rey no tuvo más remedio que casarla con el atontado muchacho.

Así fue que, en poco tiempo, Tontín logró casarse con la princesa para comenzar a vivir una vida llena de alegría y felicidad.

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